4.1.07

Simmel y la Ciudad

Algunas notas para la noción de ciudad en Simmel, visto desde hoy.
Por Hilda M. Herzer; M. Carla Rodríguez.[1]

Introducción.

Este articulo intenta rescatar la actualidad del pensamiento de Simmel[1] para pensar distintos aspectos de la problemática urbana. Haremos referencia a tres aspectos: la metrópolis, la cultura urbana y la prefiguración de la categoría del actor urbano, planteando nuestros comentarios al respecto así como, posteriormente, conclusiones.

La metrópolis, símbolo de la modernidad.

¿Cómo caracteriza Simmel la metrópolis? Es una realidad ecológico-demográfica, económica y socio-cultural particular.[2]
La metrópolis es ante todo una ciudad grande que requiere una fuerte división del trabajo y, por ende, una importante especialización de los individuos.

Las ciudades son así sede de la más alta división económica del trabajo. Absorben una gran variedad de servicios; la vida urbana se transforma en una lucha entre seres humanos por la ganancia, que debe ser cedida por otros hombres (y no por la naturaleza).

La metrópolis, se constituye en "el lugar" de la interacción social, donde estos procesos se plasman, coadyuvando al desarrollo de un estilo de vida distintivo: el estilo de vida metropolitano, que supone el advenimiento pleno del individualismo en la sociedad capitalista moderna.

La metrópolis, como creación conceptual y crítica, da cuenta de esta nueva realidad, que a fines del siglo XIX, se manifiesta como un nuevo tipo de gran ciudad de rápido crecimiento y expansión territorial. Berlín, por ejemplo, pasó de 700.000 habitantes en 1867 a 4 millones en 1913 (y en un contexto donde 23 ciudades alemanas superaban los 200.000 habitantes en ese período, mientras que en otros países, como Francia, había menos de 5 en esta escala).

La ciudad se vuelve cosmopolita, es decir, metropolitana, cuando trasciende la expansión visible más allá de sus fronteras físicas y este aspecto cuantitativo se transforma en rasgos cualitativos. Es decir, la ciudad ejerce su influjo cultural sobre el conjunto de la sociedad.

Para Simmel, la sociedad moderna y las interacciones sociales que se dan en su seno, se confunden con la metrópolis. El enfoque de la ciudad como una entidad, más allá que puedan observarse fragmentaciones, la analizó como un fenómeno unitario. A partir de la cultura pública[3] Simmel intenta definir una imagen de ciudad como una forma de sociabilidad. Estas interacciones sociales están situadas; sin embargo, pierden la dimensión territorial específica. Al poner el acento en el análisis micro de las interacciones sociales, de las relaciones sociales en la metrópolis, Simmel no se interesa por las estructuras sociales intermediarias, como la familia, las clases. En este sentido, las generalizaciones de Simmel sobre las ciudades, terminan siendo excesivas, y parciales, y hace que hoy uno intente concentrarse de un modo más analítico en los significados más específicos de las ciudades y de las diferencias sociales y culturales que emergen dentro y entre las ciudades.

La cultura urbana.

Simmel plantea la cultura urbana como cultura de la modernidad.

En su artículo argumenta que existen cuatro formas culturales distintivas que se encuentran en cualquier ámbito urbano:

-La intelectualidad: el habitante urbano actúa con la cabeza y no con su corazón.
-El predominio de la racionalidad. Los residentes urbanos realizan cálculos. Son puntuales, precisos y exactos.
-Los residentes de las metrópolis están hastiados (blasés)
-Los residentes metropolitanos son reservados, se protegen tras una pantalla protectora de reserva, raramente muestran sus emociones o se expresan frontalmente.

Simmel no plantea que la ciudad "per se" genere o cause estas formas culturales, sino destaca el rol de la ciudad como centro de la economía monetaria (que es el aspecto que desarrolla más extensamente). Dado que la economía monetaria está más desarrollada en las ciudades, también allí lo están sus rasgos culturales. En consecuencia, el dominio de la economía monetaria en las sociedades modernas explica las actitudes de cálculo asociadas. El cálculo, los números, son significativos porque forman parte de esa economía monetaria y este predominio del cálculo encierra transformaciones cualitativas: el hecho de que “ la calidad del dinero consiste exclusivamente en su cantidad”, se vinculará, aunque de manera no lineal, al entorpecimiento de la capacidad de evaluación, como un rasgo de la cultura urbana.

Así, los residentes de la ciudad son caminantes soñadores, son materialistas abstractos compelidos a calcular sus relaciones sociales por distancia, por dinero y por algún tipo de costo.

Simmel puntualiza el contraste entre la metrópolis o entre ciudades y pueblos a lo largo del tiempo (tiene un enfoque histórico), porque cree que en el mundo moderno, la influencia de las metrópolis se expande a través de toda la sociedad, incluyendo por cierto a las áreas rurales.

En definitiva, las sociedades modernas, caracterizadas por el dominio de la economía monetaria, tienen rasgos culturales muy diferentes a los de las sociedades tradicionales. Las ciudades son ámbitos interesantes porque exhiben la emergencia de esos nuevos rasgos con mayor claridad.

En ellas, se da la fragmentación y diversidad de la vida moderna: esta naturaleza de la vida moderna, hace imposible un modo de vida coherente. La vida moderna supone una ruptura entre lo subjetivo y lo objetivo. Para protegernos de la inestabilidad potencial y del caos generado por los estímulos que bombardean nuestros sentidos cotidianamente, estamos obligados a refugiarnos en nuestro mundo interior, intelectual, que actúa como un filtro para nuestra experiencia.

Pero la metrópoli, a su vez, provee la arena para esta lucha entre lo subjetivo y lo objetivo y su reconciliación, pues presenta las condiciones peculiares que aparecen como oportunidades y estímulos para el desarrollo de ambas tendencias. De este modo, en la metrópolis se desarrolla también la tensión máxima entre libertad y enajenación. Una tensión que, más allá de la tendencia a la hipertrofia de la cultura objetiva, no se resuelve, es un juego abierto.

Si bien el individuo queda enormemente desfasado o en desventaja ante la cultura objetiva, este juego abierto, que no se resuelve, es un aporte para la concepción de la acción social colectiva, de los actores urbanos como sujetos creadores de opciones (y que tienen la libertad de elegir).

Una libertad que no es unidimensional, que toma en cuenta la compleja tensión entre racionalidad y emocionalidad que se manifiesta en diversas actitudes en la ciudad y en la variedad de tipos urbanos. En este sentido, Simmel realiza un aporte hacia la caracterización del actor urbano, que posibilita mayor riqueza y espesor para la comprensión de sus características, sus procesos de interrelación, el procesamiento de sus demandas, etc. El tipo de individualidad que emerge permite tomar distancia de las relaciones en que se encuentra inmerso (ligado al carácter reflexivo de la modernidad), porque tiene más posibilidades de elegir qué muestra o qué oculta en las interacciones, porque puede elegir dónde y cómo recrear los vínculos comunitarios y para qué.

En el mismo contexto, Simmel reconoce la pervivencia y rescata las relaciones primarias; las vivencias en pequeños grupos como referencia para la subjetividad (que son resignificadas en el contexto de la metrópolis, y ya no desde una perspectiva conservadora, porque se reconocen los efectos del control social de la comunidad, obstaculizando el desarrollo de la individualización o de la libertad subjetiva)

Reflexionando sobre los vínculos comunitarios, Simmel considera diversos ejemplos: organizaciones jóvenes, ciudades primitivas, pueblos chicos. Por ejemplo, la supervivencia de las asociaciones muy jóvenes (y esto vale para el análisis de actores comunitarios) requiere que se establezcan fronteras estrictas y una unidad centrípeta. Por eso no pueden permitir la libertad individual como tampoco dejan que se desarrolle la personalidad externa o interna. Con el correr del tiempo esto se suaviza y se inicia un proceso de individualización. (Lo mismo ocurre con la vida en la pequeña ciudad de la antigüedad o en la edad media. Es importante porque permite ver la referencia a la historicidad de su planteo). El proceso supone transformaciones cuantitativas (cantidad de gente, extensión de territorio, tamaño de los círculos sociales presentes), que luego se plasman en un cambio de calidad. El proceso de individualización hace posible y necesaria la división del trabajo del grupo en crecimiento.

En Simmel hay un planteo de la diferenciación: la alta división del trabajo especializado de la ciudad fuerza a la gente a desempeñar una serie de roles diferentes de un modo que no lo hacen en las pequeñas comunidades. El producto de esta multiplicidad es justamente aquello que los trasciende. En palabras de Sennet “Simmel creía que en la ciudad el hombre podía liberar su espíritu de sus actos, podía comprender ‘quién era’, que nada tiene que ver con ‘que hago ordinariamente’ “(Sennet Richard, 1969)

Quizás uno podría preguntarse si esta libertad urbana acerca de la cual Simmel escribió no se limitaría en realidad a un conjunto de individuos flotando por encima de las estructuras sociales, en las cuales la población está inserta?

¿Por qué nos formulamos esa pregunta? Porque Simmel relaciona dos dimensiones propias de la ciudad con el comportamiento social. Por una parte el tamaño y, por la otra, la economía monetaria (las relaciones capitalistas). De acuerdo a su razonamiento, los individuos se definen frente a esos dos rasgos y ello explica los comportamientos de la vida en la ciudad. Lo que queremos resaltar es que, para Simmel, que no desconocía las desigualdades sociales y económicas de las relaciones capitalistas, la relación entre forma urbana (esos dos componentes) e individuos no está mediada por ninguna de esas diferencias. Para decirlo en términos posteriores a Simmel, la relación entre ciudad e individuo es independiente de la clase social de la que forme parte. De esta forma, la "experiencia urbana" no parecería depender de, o estar influida por la ubicación de los individuos en la estructura de la sociedad.

La temprana caracterización del actor social urbano.

Al preguntarse por las características de la personalidad metropolitana, Simmel plantea tempranamente, en 1903, un conjunto de elementos altamente significativos que, como habíamos dicho, prefiguran la categoría de actor social urbano. Un aporte temprano para la reflexión conceptual en el campo de la sociología urbana, que luego tenderá a desdibujarse progresivamente durante décadas, hasta que llegue el momento de complementar críticamente las visiones estructuralistas.

En ese planteo, Simmel parte desde una concepción en la que el máximo desarrollo de la individualidad se da, precisamente, en el contexto de la metrópolis. Es decir, la ciudad, con su máxima heterogeneidad económica y social.

El desarrollo de la especialización[4] – que se da privilegiadamente en las metrópolis- supone al mismo tiempo una individualización y una interdependencia mayor. Las exigencias de esta particular forma de vida social, y la tensión que se juega entre individualización e interdependencia crecientes, configuran un estilo metropolitano, un conjunto de actitudes que aparecen como “disociadas”, pero que, en realidad, son constitutivas de esta forma urbana de organización social.

Así plantea un tipo de individualidad propio de la metrópolis.

Las bases sociológicas del desarrollo de esta individualidad metropolitana responden a la aceleración del ritmo de la vida, multiplicidad de estímulos e imágenes sensoriales y mentales – que dan un carácter sofisticado a la vida síquica y generan una forma particular de conciencia. Estas capacidades intelectuales, se ven como una forma de preservar la vida subjetiva ante el poder avasallador de la vida urbana. Lo que ocasiona la individualización determina a su vez una cierta estandarización. Las condiciones individuales son cada vez más dependientes del mercado de trabajo, del dinero. Y el dinero individualiza pero también estandariza.

La tensión antes planteada entre libertad y enajenación es lo que permite la emergencia de actores urbanos como sujetos creadores de opciones, que tienen la libertad de elegir.

La idea del sujeto como la afirmación del derecho de cada individuo a crear y regir su propia individualidad.[5] Esa libertad es también lo que permite al individuo participar en la vida colectiva de la ciudad.

Podría proponerse una continuidad entre el pensamiento de Simmel y el planteamiento de Touraine sobre el sujeto como elemento central de la vida social. Diferenciándose del pensamiento clásico, Touraine afirma que el sujeto, en tanto actor social, desarrolla una conciencia reflexiva, es decir, la posibilidad de tomar distancia de sus instituciones, prácticas e ideologías.

En el modelo cultural que plantea Touraine, la definición del sujeto, en el sentido de definirlo como construcción de la persona en una sociedad dominada por la producción masiva de bienes simbólicos, informaciones, imágenes y lenguajes que cuestionan la personalidad misma, se asimila, al sujeto de Simmel; sin embargo, Touraine introduce nuevas dimensiones: la dimensión política y del poder.

Concluyendo

Simmel enfoca la ciudad como un fenómeno unitario, sin observar las fragmentaciones que se producen en su interior. Su análisis no remite a una dimensión territorial específica.

Relaciona dos dimensiones propias de la ciudad con el comportamiento social, por una parte el tamaño y, por la otra, las relaciones capitalistas. Si bien Simmel no desconoce las desigualdades sociales y económicas que las relaciones capitalistas generan, la relación entre la forma urbana y los individuos, no está mediada por ninguna de esas diferencias, en otras palabras, la relación entre ciudad e individuo, es independiente de la clase social de la que forma parte. Esto le inhibe ver las diferenciaciones intraurbanas y entre ciudades.

En relación con la cultura urbana como cultura de la modernidad, identifica formas culturales distintivas de lo urbano. La pregunta es si estas formas tienen hoy vigencia, si se han profundizado, si han cambiado y en qué.
Vale la pena el abordaje que busca reconocer estas formas culturales distintivas que parecieran atravesar transversalmente al conjunto de la sociedad urbana y que tienen que ver quizás con una cultura común y ,quizás, con una hegemonía; aunque después haya que ver los elementos diferenciales que se vinculan con la inserción de los sujetos en la estructura social, y con la compleja elaboración de subjetividades colectivas, acciones colectivas, actores sociales e individuales.

Simmel efectúa una temprana caracterización que prefigura la categoría del actor social urbano, y que tiende a perderse en la tradición posterior de la sociología urbana. El concepto del sujeto tensionado entre la libertad y la enajenación es lo que permite, justamente, la emergencia de actores urbanos como sujetos creadores de opciones, que tienen la libertad de elegir y, en consecuencia, tienen la posibilidad, de procesar demandas, y desarrollar conductas colectivas. En definitiva, esto está posibilitado por esa forma de organización social del espacio que, según Simmel, genera una forma particular de sociabilidad.

100 años después que Simmel escribiera sobre la ciudad, un análisis del espacio público nos muestra el impacto del tiempo (la historicidad) y del dinero. Si tomamos un ejemplo argentino, este espacio público, - básicamente democrático - muchos lo ocupan y van generando una imagen de una ciudad altamente fragmentada. En este sentido, más que mirar la ciudad como entidad única, parece interesante usar el planteamiento de Simmel para concentrarse en la cultura pública urbana que hoy nos muestra en la Argentina, cómo la sociabilidad genera diferencias, que se manifiestan en las calles exponiendo a los sujetos al riesgo de la diferencia (diferencias económicas, sociales, políticas, etc).


Referencias bibliográficas:
Sennet, Richard (1969). Essays on the culture of cities. Prentice Hall.
Touraine, Alain (1987) El regreso del actor. Eudeba, Buenos Aires


[1] Nos concentraremos fundamentalmente en el artículo de Simmel (1903) “Las grandes urbes y la vida del espíritu”
[2] Es interesante notar que está ausente la dimensión política. Esa ausencia, la del estado en particular, marca el tono de la interpretación de Simmel.
[3] Producida por los encuentros sociales que construyen la vida cotidiana, en la calle, negocios, parques, en los espacios, inherentemente democráticos, en los cuales experimentamos la vida pública en las ciudades.
[4] Especialización y dimensión económica. Las ciudades son la sede de la más alta división del trabajo. La lucha con la naturaleza por la supervivencia se transforma en una lucha entre seres humanos por la ganancia. Pero la especialización surge no sólo de esta competencia por la ganancia sino también de que el vendedor debe buscar siempre la manera de encontrar necesidades nuevas y diferencias para atraer al cliente. Encontrar una fuente de ingresos aún no agotada supone la especialización de los servicios que se otorgan. Este proceso produce la diferenciación, el refinamiento y el enriquecimiento de las necesidades del público, lo que lleva a diferencias personales crecientes en este público. ( la introducción del concepto público- que habilita el giro hacia las perspectivas del "consumo").
[5] Como afirma Touraine (1987) “La afirmación de un ser particular, cuerpo y alma, razón e historia, memoria y proyecto”.

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